Este día prometía. H tenía que arreglar asuntos con sus amigotes de su ex-curro (ya se sabe, cuando eres abogado nunca dejas un trabajo definitivamente) y sus moviditas de modo que nos fuimos Supersemita y yo a descubrir el encantador puerto de Jaffa, al sur del centro neurálgico de Tel Aviv, pero ciertamente a un tiro de piedra.
Jaffa tiene un encanto de puerto medieval, con un minúsculo y pintoresco centro abarrotado de tiendas de antigüedades. Fue justo a la entrada del zoco donde la enorme delantera de una preciosa dependienta de piel sedosa nos recordó lo necesario que era regalar a nuestras mujeres más queridas (en mi caso, mi madre y mi amada novia) un kit de productos de belleza fabricados en el mar muerto, ya que los barros y cremas de allí son famosos.
Recorrimos después la colina del faro, con unas vistas preciosas sobre Tel Aviv, y pasamos por un famoso puente que tenía en su barandilla las figuras de los signos del zodíaco. Preguntamos, y nos enteramos de que si miras hacia la ciudad (el norte) tocándo el símbolo de tu signo, y haces un deseo, éste se te cumple. Y allí que nos pusimos a desear.
Bajamos de la colina, y descubrimos unas ruinas que relevaban la presencia de la cultura egipcia. Eran los restos de la entrada a un templo egipcio, y todavía se apreciaban los jeroglíficos perfectamente sobre la piedra, que permaneció enterrada hasta hace muy poco…
Después de la visita matutina a Jaffa, nos largamos a la playa. Comimos un kebab riquísimo mirándo al mar, a las mujeres en biquini, y a la dependienta de helados, sin decidirnos por ninguna de las tres vistas. Pero ¡qué bonitas son las puestas de sol! Ahí no hay cuerpazo que te distraiga. En la misma playa nos encontramos ya con H, que había arreglado sus asuntos y había aprovechado para llamar a una simpatiquísima amiga suya de Argentina. De modo que nos tomamos unos cócteles en la misma playa, con un buen rollo y una sofisticación que nos enamoraron.
Salimos de la playa, y decidimos pasarnos por las oficinas de Haaretz, a visitar a Liz, que trabaja allí, y de paso que nos enseñase la redacción de uno de los periódicos más famosos de Israel. Y resultó una visita impresionante, pues tenían la redacción llena de obras de arte moderno preciosas. Me encantaría dar con mis huesos en un lugar como ese.
Luego fuimos a casa, a darnos una ducha y a ponernos guapos para volver a la noche israelí, esta vez de copazas. Llegamos pronto donde habíamos quedado con Liz, de modo que decidimos pararnos a comer algo en un kiosko japonés en el que te preparaban el shushi delante tuyo. Yo me pedí unas raciones de Sashimi, que es lo que más me gusta y me encantó. Y luego vinieron Liz y su novio Eitan, que nos invitaron generosamente a un copazo para calentar motores. Aunque calentarlos, los calentamos de verdad en un garito brasileño con unas pivazas impresionantes bailando salsa. No sé cómo no se rompían las caderas. Bailamos, bebimos y volvimos muy, pero que muy tarde.