El final Danilactiano

December 4, 2006

Crónicas Argentinas IV: Buenos Aires

Buenos Aires es el corazón de Argentina, donde viven la gran mayoría de los argentinos, un centro frenético de coches, motos y autobuses, cuya semejanza con Madrid te hace sentir una especie de nostalgia que desaparece cuando disfrutas de un buen helado de dulce de leche de dos bolas por un cuarto de euro.

Llegamos a eso de las 19h a casa de Nacho, que anda por allí estudiando Cine. No estaba, pero cuando anduvimos unos 100 metros por la acera nos lo encontramos: ‘¡Ché! ¡Doh gachégoh!‘ Abrazos, subimos a su casa, cagamos y nos fuimos a ‘rompernos la boca’. Es decir, a comer carnaza hasta reventar. Qué barato y qué bien se come en argentina, coño. Antes nos enseñó su facultad, muy profesional, y acogedora. se respiraba artisteo…

Al día siguiente le dimos a la visita. Nos paseamos por la plaza de Mayo, vimos la casa Rosada (es rosa, de verdad) la catedral, la plaza de San Martín, con ese mini Big Ben regalado por los ingleses, el gigantesco obelisco, etc… Lo que se llama el microcentro, de absoluto interés turístico. La sensación que tuvimos era de estar en casa, recorriendo sus calles decíamos ‘mira! Esto es clavadito a la castellana, pues esto parece malasaña, pues esto es igual que huertas…’ De especial mención es nuestra visita al congreso, que hicimos solos mi amigo y yo, acompañados de la guía. Nos explicaron el sistema de gobierno de Argentina, y nos mostró los lugares más lujosos y curiosos del imponente edificio. Una visita muy recomendable y edificante.

Al día siguiente fuimos al barrio de Boca, un barrio pobre, pero que es famoso porque sus casas están pintadas de vivos colores primarios. Esto es porque un tal Pedro de Mendoza, un artista de la Boca, cuando obtuvo reconocimiento y pasta, construyó una escuela en el barrio. Pidió la colaboración de los habitantes del barrio para pintarla y cada cual trajo pintura de un color. El resultado gustó mucho, y decidieron pintar el barrio entero de colores, lo que le da una atmósfera de alegría y jolgorio. Hoy en día es un barrio pobre, con una calle turística a la que los guiris acceden en micro bus, se bajan, fotografían, y se van pitando tras comprar algo de cuero.

Después visitamos Puerto Madero, un barrio bien que ha crecido en la costanera sur de Buenos Aires alrededor de unos cuantos diques, por el que pasean barquitas a remos y en los que atracan unos estupendos barquitos veleros. Allí entramos en un barco velero retirado del servicio militar, precioso. Luego nos acercamos a la Avenida 9 de Julio, una de las más anchas del mundo. (Unos 120 metros) Se tarda unos cinco minutos en cruzarla, si se te dan bien los semáforos.

Al día siguiente visitamos el famosísimo cementerio de la recoleta, donde reposan los restos de los personajes más notables de la historia de Argentina. un cementerio bastante bonito, en el que pudimos ver el mausoleo donde está enterrada Evita Perón, personaje que levanta odios y pasiones entre los argentinos. Después nos dimos un bonito paseo por los jardines del Palermos chico, viendo la imponente facultad de derecho, el museo de bellas artes, la mastodóntica biblioteca Nacional… Hasta que llegamos al maravilloso jardín Japonés cerca del planetario. Si vais a Buenos Aires, no dejéis de visitarlo, por dios! Muy bello. Seguimos la caminata, y nos acercamos (todo atravesando el Parque de Palermo, con jardines muy bien cuidados) hasta el hipódromo. Curioso acercarse hasta la pista. Por la noche nos fuimos de copas por buenos aires. Yo creo que ha sido el pedo a base de copazos de Bombay Saphire más barato que me he pillado… ¡Y qué bellezas las argentinas!

Al día siguiente mi compañero regresaba a Madrid, de modo que nos pasamos la mañana de compritas, y yo me quedé solo solito en la Gran Buenos Aires, puesto que nuestro anfitrión no tenía mucho tiempo para dedicarnos. Dediqué esos días a recorrer los rincones curiosos y alejados de Buenos Aires, visitar los museos con tranquilidad, y descansar, que los últimos días habían sido de morir de un tirón en el gemelo.

También aproveché para visitar el Tigre, un lujoso suburbio de Buenos Aires, situado justo en el delta del río de la plata, creo. Es un lugar curioso, en el que un coche sirve de poco, puesto que las ‘calles’ son canales de agua, tal y como ocurre en Venecia. Lo que pasa que las casas en vez de edificios eran chaletazos con jardín enorme. Mucha pasta había por allí.

Otra de las excursiones que me ‘regalé’ en esos días de soledad fue la visita a ‘Colonia’, un pueblecito situado a 40 kilómetros por agua en Uruguay. Históricamente había sido la ‘rival’ de Buenos Aires, pero ahora no es más que un pueblecito anclado en la época colonial de lo más mono.

 

Bueno, y con ésto creo que voy a dar por terminadas mis crónicas Argentinas. En esta semana, espero, actualizaré los post con fotos magníficas que sacamos de los lugares que menciono. Espero ser más activo en este blog a partir de entonces.

November 28, 2006

Crónicas Argentinas III: Península Valdés

Etiquetado como: Operación Dulce de Leche

Del frío glaciar, a la costa desbordada de fauna. El aeropuerto para ir a visitar la reserva natural de la península Valdés está a unos 100 kilómetros de ésta, en Trelew, una ciudad deteriorada y sin interés por efecto de la crisis argentina. Desde el aeropuerto cogimos (o tomamos para los habitantes de sudamérica) un ‘transfer’ que nos llevó a Puerto Madryn, nuestro centro de operaciones en la costa.

Allí nos acogieron simpáticamente los enrollados dueños del hostal ‘Residencial Uno’. Recomendable para los presupuestos ajustados. Paseo por la ciudad, que lo único que tiene de interesante es el paseo marítimo, que disfrutamos mucho, en pleno anochecer.
Al día siguiente, por temor al viento y a que nos cerrasen el puerto de Pirámides (Os explico más abajo), decidimos hacer la excursión a Punta Tombo. Punta Tombo es una reserva natural donde una colonia de medio millón de pingüinos de Magallanes decide anidar año tras año. Es increíble. Hay tantos pingüinos que tienes que tener cuidado de no pisarlos. A veces estás tan cerca que tienes tentaciones de alargar el brazo y acariciarlos. Nos advirtieron: No tratéis de tocarlos que con el pico que tienen pueden llegar a cortarte el dedo. No me lo creo, pero por si acaso, no los toqué. (así que en cierto modo me lo creí)

Luego nos fuimos al puerto, a ver si estaba abierto para ir a ver los delfines enanos que habitan la zona. Pero no hubo suerte. Había mucho viento (ni gota en la costa), y la marea estaba baja y los barcos no podían salir del puerto (Que vaya mierda de puerto, ya podían haberlo hecho lo suficientemente profundo como para que los barcos pudieran salir con cualquier marea). El caso es que nos quedamos sin ver a los delfines enanos.

Continuamos la visita, dirigiéndonos a Puerto Gaiman, un asentamiento de colonizadores galeses que importaron el maravilloso té Galés. Y allí que fuimos a probarlo, a una hermosa casa de té, que tenía nombre de nave de la guerra de las galaxias. El Ty Gwyn, que en galés significa ‘Casa Blanca’. Pues bueno. Allí por 23 pesos, unos 5 euros, nos pusieron té a granel, y una cantidad ingente de pasteles y tortas galesas que no pudimos ni empezar a soñar en acabar. Menuda burrada. Todo estaba riquísimo y mantequilloso. Nos hartamos.

Después pasamos por Trelew. Esta frase es todo lo que voy a contaros de Trelew porque allí no hay nada que ver.

Al día siguiente despertamos más activos que de costumbre. Íbamos a visitar la reserva de Península Valdés. Fuimos directamente al puerto de Pirámides, desde cuyas playas salían cada poco barcos para… AVISTAR BALLENAS. Pues no hizo falta ni cogerlo. Ya desde la playa se las podía ver resoplar y asomar las aletas. La emoción nos embargaba. Además (y aquí entra mi mente de ingeniero) tenían una curiosa forma de embarcar a la gente. Como propiamente dicho no hay puerto, lo que hacen es subir el barco a una estructura con ruedas, que luego gracias a un tractor anfibio (se mete en agua hasta un metro de profundidad) lo sacan a la playa. Desde la arena, gracias a una escalerita, subes al barco, y entonces el tractor da marcha atrás y vuelve a poner a flote al barco.

Bueno, ya estábamos sobre el agua y deseosos de ver de cerca una ballena. Y vaya si las vimos. Y vaya si estuvimos cerca. Estuvimos al loro, y nos pusimos bien en la proa (alante del tó), de modo que tuvimos todo el rato una vista increíble. Había varias parejas de ballena con su ballenato. El ballenato se acercaba con curiosidad a la embarcación, y entonces comenzaba una singular danza alrededor de la embarcación. El ballenato intentando acercarse, curiosear y jugar con el barco. La madre, interponiéndose y tratando de alejar al ballenato del barco. Algo tan tierno e impresionante… Es increíble lo gráciles que son esos mastodontes marinos, la facilidad y la agilidad que tienen en el agua. Increíble, sencillamente.
Vimos cuatro parejas de ballenas, uno de los ballenatos era blanco, precioso. Qué experiencia vital, queridos mios. Me dieron ganas de aprender a bucear para alguna vez intentar hacerlo (bucear, digo) con delfines, que tiene que ser alucinante.

Luego seguimos hacia la Caleta Valdés, ensoñados, pasando por las enormes salinas que han quedado en medio de la península. Llegamos para descubrir que en la playa se agolpaban montones y montones de elefantes marinos. No nos dejaban acercarnos, estos también son bastante agresivos, y algunos ejemplares pueden pesar una tonelada. Estaban allí tirados, tomando el sol plácidamente mientras la piara de turistas fotografiaban sin piedad sus lustrosos cuerpos. Otra vez, quedamos sorprendidos por la gracilidad de las bestias en el agua, mientras que en tierra parecían torpes y bastas, casi groseras.

Hubo un momento emocionante allí, que fue cuando descubrimos unos soplidos en el mar, y una guapa guía que allí había gritó ‘¡No! ¿Son? ¡Miren! ¡Son un par de orcas!‘ Nos dejamos los ojos intentando verlas, seguirlas por la costa mientras se paseaban por allí. Luego pensándolo nos dimos cuenta de que la guía se había equivocado, porque por allí no había ninguna aleta. Pero qué queréis que os diga, la emoción fue la misma.

Después seguimos el rumbo hacia Punta Norte, para seguir viendo bichos. Más pingüinos de Magallanes, más elefantes marinos, y… Lobos de mar! Que son básicamente iguales que los elefantes marinos, solo que los machos no tienen trompa, y son oscuros. Y Oh! casi se me olvida, el vuelo de las gaviotas cocineras! Se dedicaban a hacer pasadas a ras de suelo, casi tocando la playa con la punta del ala. No es que sea algo que sólo se pueda ver allí, pero me encantaron.

Al final de la jornada nos pasaron por el centro de acogida de la reserva, un sitio con información de la fauna y la flora del lugar, con fotos y tal… Pero lo interesante del lugar el el gigantesco esqueleto de ballena que tenían ensamblado. Qué formas tan curiosas las de un cráneo de ballena. Increíble.
También pudimos ver desde la carretera la famosa isla de los pájaros, una isla que inspiró a Saint Exupéry para hacer el dibujo de la boa que se ha comido un elefante del principito.

Al día siguiente salíamos hacia Buenos Aires a medio día, de modo que aprovechamos la mañana visitando el Ecocentro, una especie de museo de ciencias naturales con explicaciones de la fauna del lugar. Lo más curioso una vez más: El esqueleto de una ballena, y una sala a oscuras donde reproducían a un volumen indecible los sonidos que hacen las ballenas. Acojonan, eh?

November 24, 2006

Crónicas Argentinas II: El Calafate

Etiquetado como: Operación Dulce de Leche

El Calafate se encuentra al sur, en plena Patagonia argentina, cerca de la cordillera de los Andes. Se sitúa a orillas del lago Argentino, el lago de mayor extensión (o de mayor capacidad, no sé) del país, que se alimenta del mayor espectáculo natural al que asistimos en mi opinión en todo el viaje: El glaciar Perito Moreno.

Nada más llegar a la ciudad fuimos a contratar la excursión del día siguiente, y nos dimos una vuelta por El Calafate. El pueblo (porque es un pueblecito, no una ciudad) es toda de construcciones bajas de uno o dos pisos, y su vida comercial se centra en la calle principal, atestada de tiendecitas de ropa, regalos, restaurantes y supermercados. Me recordó a la típica disposición de los pueblos cercanos a las estaciones de esquí. Todo de maderita, con techados y cortinas de aire caliente al entrar en los comercios.

Al día siguiente fuimos a ver el Perito Moreno. Qué alucinante. un muro de hielo enorme, impasible, alimentando con su ser dos enormes lagos… Cuando te plantas delante del Perito Moreno se le puede oir respirar, moviéndose despacito, empujando, un poco más, un poco más. Se oyen crujidos, golpes, ruidos que te hacen pensar que no estás sólo ante una masa de hielo enorme, sino más bien ante un ser vivo, enorme, milenario, con la mirada penetrante de un sabio. Entonces te pones a tratar de ver algún desprendimiento. Escudriñando cada rincón. Tratando de adivinar dónde será el próximo. Vi un par de salpicaduras, pero no el trozo de hielo cayendo.

Luego nos fuimos hasta un embarcadero, y nos cruzaron a la otra orilla, en uno de los laterales del Perito Moreno. Allí me dieron unos guantes, unos crampones, y a andar por el Perito Moreno!
¡No os podéis imaginar los colores, las formas, la luz! Es simplemente… inolvidable. Tuve la ocasión de tomar un vaso de agua de glaciar, y un whisky (nos invitaron) con hielo de glaciar. Además (qué suerte: No se me ha olvidado) me inventé un chiste:

¿Cómo se agradece en el Perito Moreno?
¡Gláciars!

Jajaja… Así escrito puede que no tenga mucha gracia. Contado tampoco. Pero es mío, y sólo por eso debería conservarse en los anales de la historia.

Al día siguiente contratamos otra excursión expectacular. Un crucero por el Lago Argentino entre témpanos para visitar el resto de glaciares de la zona. Increíbles de nuevo… Qué colores!
Visitamos el glaciar Upsalla, el más grande del parque, el Spegazzini, y el lago O’Neill. Lo del lago O’Neill resultó también espectacular, porque es un laguito alimentado por tres glaciares, y separado del lago argentino por un bosque instalado sobre la morena de un antiguo glaciar. Dado que el lecho del bosque es muy poco profundo, los árboles crecen retorcidos y se caen a menudo por efecto de los vientos y las frecuentes inundaciones. El resultado? Un bosque tétrico, tenebroso, como si hubiera salido directamente de una película de Tim Burton. Además el lago está lleno de témpanos de todos los tamaños, lo que le da un aspecto irreal al paisaje. Casi lunar.

En la oficina de turismo nos aconsejaron la tercera visita de la estancia en El Calafate. Nos montamos en un mini-bus y salimos danzando hacia la orilla sur del lago Viedma, al norte del Argentino, para visitar la estancia… ¿Santa Teresita? (No recuerdo su nombre…) Es una finca donde tienen grandes pastos para ovejas. Pero también tienen una zona en la que no tienen pastos, sino un hermosísimo bosque petrificado olvidado por las autoridades competentes argentinas. Algo inexplicable, porque lo que tienen allí es una joya en bruto, en la que si investigan, podríamos descubrir muchas cosas sobre el pasado de la tierra. Se pueden ver perfectamente troncos grandes, de más de medio metro de diámetro, perfectamente conservados en piedra. Se podían apreciar hasta los anillos del tronco. Por lo visto las lluvias van descubriendo cada año más y más. Pero no sólo hay arboles petrificados. Cada dos por tres podíamos ver fósiles enormes de animales. Huesos del tamaño de un brazo o una pierna. De hecho, allí se ha encontrado una vértebra del dinosaurio más grande. Una vértebra que medía como dós metros de diámetro. Imaginaos cómo era el bicho.

Con la cabeza llena de dinosaurios paseando entre glaciares, nos preparamos para nuestro siguiente destino patagónico.

November 22, 2006

Crónicas Argentinas I: Iguazú

Etiquetado como: Operación Dulce de Leche

De ahora en adelante, todo lo referente a Argentina lo pondré en la categoría ‘Operación Dulce de Leche’. Las fotos las pondré en cuanto las tenga. Mientras, disfrutad de mi prosa. 

Tras unas trece o catorce horas de vuelo, haciendo escala a contrarreloj, llegamos al fin a Iguazú. Como habíamos tenido que retrasar el vuelo unas horas, nos vimos obligados a coger corriendo una excursión al lado brasileño de las cascadas. En el camino al hotel, ya pudimos ver un montón de animalillos y tantas mariposas, que no daba pena cuando se estrellaban contra el parabrisas del taxi.

Veréis. Las cascadas están justo en la frontera entre Argentina y Brasil, en el río Iguazú (tiene su lógica, verdad?). Desde la parte Brasileña se tiene un punto de vista mas panorámico, mientras que en la parte Argentina te puedes meter literalmente debajo de las cascadas.

Nos fuimos allí y pudimos comprobar la riqueza de fauna de la selva, por los bichos y lagartos que poblaban el camino asfaltadito al borde del río. Había unos gusanos que me dieron especial asco, que los llamamos los gusanos bungie, por su habilidad de colgar de un hilo cual araña malintencionada. Parecían muy aficionados a subirse al hombro como si fuésemos meros taxis de la jungla. No os cuento los respingos que dábamos.

El paseo de todos modos era impresionante. se veían todas las cascadas, majestuosas, retándonos. Como si nos dijeran: ‘Venid… No lo olvidareis…’
El camino Brasileño recorría toda la famosa ‘Garganta del diablo’ y nos daba una idea de cómo estaba configurado el lugar. El día siguiente íbamos a estar allí, justo donde se veían esas personitas mojándose en las cascadas de iguazú! Qué pasada, cada vez que lo pienso, me dan escalofríos.

Al día siguiente nos fuimos a la parte argentina, habiendo contratado el paquete ‘Gran Aventura’, y habiéndonos rebozado abundantemente en antimosquitos. Este consistía en lo siguiente: Primero, te meten en una especie de camión como del ejército, sin techo y bastante alto, por un camino tortuoso a traves de la selva. Es alucinante comprobar cómo en la selva se tiene una visibilidad aproximada de unos dos metros, por la cantidad de vejetación que hay. Además había una guapa guía que nos fue indicando los nombres de las plantas, y cosas curiosas de la selva. Allí vimos un Coatí, una especie de oso hormiguero enano, que vive por la zona, gracias al sentido arácnido de mi compañero para detectar bichos. (En serio, veía bichos completamente invisibles a primera vista) Tras la emoción del primer avistamiento, escrutábamos todos en todas direcciones para ver a los famosos tucanes con dientes, pero no hubo manera.

Al final del camino encontramos una civilizada escalera que nos llevaba a un pequeño embarcadero donde esperaban unas lanchas. Metimos nuestras pertenencias y zapatos en una bolsa (el pasaporte y las botas embarradas no son cosas que deban meterse en una misma bolsa) estanca para mantenerlos a salvo, y nos subimos alegremente en la barca. Tras un emocionante recorrido por los rápidos, tuvimos una buena vista de las cascadas a nivel del agua. Foto, y mete corriendo la cámara que se está acercando mucho a esa cascada… ¿Mucho? ¡COMO QUE NOS METIERON DEBAJO! Claro, acabamos completamente empapados, como si nos hubiéramos metido en una piscina vestidos. El jueguecito se repitió varias veces, mientras los tipos nos grababan con una cámara (impermeable, claro está). A la mierda el antimosquitos!

Después nos dedicamos a recorrer los caminos asfaltaditos que hay por todo el parque, viendo las magníficas vistas. Nada está al azar por allí, y realmente te paseas por todas las cascadas. Increíble.
Lo más emocionante fue para mí el Sendero Macuco, un sendero no asfaltado y muy poco visitado puesto que está apartado y fuera del mogollón principal porque hay que andar unos tres kilómetros y medio antes de llegar a ‘lo interesante’. Es un caminito que va por medio de la selva, y te lleva a una solitaria cascada que puedes ver desde abajo, y desde arriba. Precioso. Los bichos con los que nos cruzamos fueron bastantes, pero el más impresionante fue una araña bananera del tamaño de una mano, que nos amenazó y todo. Salimos vergonzosamente por patas… Pero qué emoción. Ni rastro de los tucanes con dientes, por cierto.

Al volver, bendecimos la piscina del hostal (Por cierto, no le pasaban el limpiafondos ni a tiros) que nos ofrecía un tibio pero muy relajante baño.

Hay que verlo aquello. De verdad.

Al día siguiente nos pasamos por el ‘Hito tres Fronteras’, un curioso lugar de Puerto Iguazú desde el que se puede ver Brasil y Paraguay, en el encuentro entre los rios Iguazú y Paraná. Monumentito, bonita vista, y un mini-paseo interesante antes de irse al aeropuerto.

October 28, 2006

Desde Iguazú, con amor

Queridos mios. Actualizo brevemente desde el hall del hostal donde me alojo en Puerto Iguazú. Desde el viernes han ocurrido un montón de cosas.

Primero me hicieron perder el avión de las 12 de la mañana por overbooking. Consecuencias: os metimos en el vuelo siguiente, a las doce de la noche, y nos dieron una cena para dos en el aeropuerto, y una compensació de 600€. Toma ya!

El viaje transatlático de noche es soporífero total. Nos despertámos para comer.

Luego en Buenos Aires hemos cogido un remise (taxis) de un hincha del Chicago, que es un equipo local de allí (Tienen mazo) que nos ha llevado al Aeropuerto Aeroparque, donde hemos cogido un avión hasta Iguazú.

Al llegar, hemos ido directos  ver las cataratas de Iguazú, pero del lado Brasileño. Precioso. Panorámico. Emocionante. Lleno de bichos hiperdesarrollados (mira! un cervatillo!).

Mañana veremos la parte argentina, con barco bajo las cataratas incluido. ¡Qué emoción!

October 25, 2006

Días extraños

Etiquetado como: Operación Dulce de Leche

Esta semana ha sido extraña. Hay días en que valdría más no salir de la cama. Otros tocas el cielo con los dedos. Y otros se deslizan hasta que te preguntas si existieron alguna vez. Así discurren estos días previos a lo que creo me va a cambiar la vida. El viernes a las 12h10′ sale un avión hacia Buenos Aires, y si los dioses no deciden hacer temblar los cielos, (mucho tendrían que temblar) yo estaré subido en él.

El fin de semana dormiré con el arrullo de las cataratas de Iguazú, y la semana que viene me refrescaré los pulmones con el aire fresco del glaciar Perito Moreno, y regalándome la vista con los paisajes de Bariloche. Las siguientes dos semanas me mezclaré en el humo de los salones de tango de Buenos Aires, y quizá, con un poco de suerte, conozca a una puta llamada Muerte.

Adiós, compañeros, adiós. Esta noche me voy del país por una larga temporada. Esta espera del final de la vida será más divertida con un mate entre las manos, y la delicia del acento argentino colándose por mis oídos. No sé si tendré cobertura. Procuraré perderla. Evitaré los ordenadores con el pánico de un ebanista, y haré alguna foto. Eso sí. No me llevaré los pantalones cortos. Al país de la carne y el dulce de leche hay que ir de largo.

Veremos si mañana será otro día, o uno ya pasado. Buscaré la belleza para entretenerme. Y si la encuentro, la prometeré un regalo de plata.






















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