Me convenció. No sé si fue una debilidad o por compensarla por alguna de las putadas que dice que le hago, pero mi querida novia me convenció para ir a ver a Kings of convenience al teatro Circo Price de Madrid.
Tengo que confesar que no tenía ni idea de quién eran Kings of convenience, de modo que me pasé por su myspace. No les presté mucha atención, porque son muy blanditos, de rollo acústico. Dos guitarras y dos voces. Menos es más, que dicen por ahí. Pero tienen un no se qué que qué se yo, que engancha. Quizá sean los ritmos brasileños, o el tonillo íntimo y cálido de sus noruegas voces, pero según pasaba el tiempo, me acercaba cada vez más a su myspace a escucharles.
Y de repente descubro que uno de sus componentes es nada más y nada menos que Erlend Øye, gestador de uno de los discos electrónicos que más he escuchado, y que me parece absolutamente genial, el DJ Kicks.
Así que allí me presenté, esperanzado por un concierto acústico de uno de los autores que más he escuchado, y porque era la primera vez que acudía al Teatro Circo Price. No teníamos ni idea de quién era la telonera, pero resultó ser Javiera Mena. Confieso que cuando el propio Erlend salió a presentarla nosotros entendimos ‘Javier‘, y claro, cuando vimos a una chica ponerse al piano flipamos un rato.
Javiera Mena me recordó a una Julieta Venegas intimista que apenas interpretó seis canciones al piano, acompañada en alguna ocasión por el bajista Davide Bertolini. Supieron a poco los escasos 20 minutos que estuvo sobre el escenario, aunque le sobraron para confesarnos que era fan de Raphael, y Paloma San Basilio.
Luego salieron al escenario los Kings of convenience y con dos guitarras se bastaban y se sobraban para encandilar al respetable. Tanto es así, que ni rastro de los ruidosos que suelen poblar los conciertos. Al contrario, creo que era el silencio más respetuoso que he escuchado jamás en un concierto. Quizá fuera debido a alguna de las múltiples borderías que el grupo soltó a lo largo del concierto, a saber:
- Piden que no se fume en el concierto y que no se grabe ni se hagan fotografías en los primeros 30 minutos del concierto.
- Piden que no compremos birra, porque había un par de vendedores ambulantes con un barril al hombro ofreciéndola por las gradas, con una luz roja en lo alto que molestó al frikísimo Erlend.
- Piden que el público no dé palmas porque la distancia hace que el sonido no esté sincronizado.
- Al presentar una nueva canción, moralizan con el tema de las descargas.
- Nos invitan a la fiesta de después del concierto, pero una vez más piden que no fumemos. Fuera se puede arreglar el mundo igual.
- En medio de una canción del bis, pidieron al técnico de luces que la bajasen.
Todo parecía muy centrado en que el concierto saliera con una calidad de sonido
excepcional, pero quedaron como la banda friki que son. Eso sí, el público estaba entregado, y hubieran perdonado hasta el desafine, que nunca se dió. Una precisión y esquisitez en la ejecución de los temas que nos llevó de la mano a un paisaje invernal observado desde la calidez de un salón con chimenea. Una hora y tres cuartos de concierto que merecieron todos los euros de la entrada.
Eso sí, nunca, NUNCA compréis entradas en la parte más alta del Teatro Circo Price, a menos que seáis contorsionistas. Yo tuve que ver la mayor parte del concierto de pie, porque no cabía.