4 de Enero: La boda
El día de la boda amaneció perezoso a las 5 de la mañana, estallando en dorados bellísimos que no pude apreciar por la mala leche que me entró al constatar otro día más que la habitación no tenía cortinas. Te juro que esa mañana me volví antisemita, nazi, y todo lo que quieras, porque quería asesinar con el gas del mechero al dueño del hotel. Igual no era judío, pero de todos es sabido que es más fácil odiar un colectivo en concreto que una persona en abstracto. Cosas del sueño, ya ves.
Con la legaña puesta, ese día teníamos un claro objetivo. Teníamos que entrar por cuyons en la explanada de las mezquitas. Y para allá que nos fuimos. Después de hablar con un amable soldado de con dimensiones de mueble medieval, nos contaron que las puertas se abrían a las 12h, de modo que aprovechamos para volver a la iglesia de Santa Ana, que nos habíamos encontrado cerrada en otras ocasiones.
Si váis para allá, tenéis que entrar en la iglesia de santa Ana, porque es alucinante. Al entrar, tenéis que haceros los muy guiris, diciendo que entendéis nada, y quizá no os cobren. La técnica nos la enseñaron más tarde unos colegas, que se libraron de apoquinar.
La iglesia propiamente dicha no es que sea un ejemplo de barroquismo ni delicadeza visual, pero tiene una acústica alucinante. Justo cuando entramos había una piara de americanos cantando un coro bonito, y el sonido rebotaba y se amplificaba de una forma alucinante. Los coros se extendían por las paredes como el chocolate por la cara de un niño. Cuando nos quedamos a solas nos dedicamos a pegar grititos en la iglesia para alucinar con el eco. Me dieron muchas ganas de eructar, pero me dió palo por estar en un lugar santo. Al final mi educación cristiana ha hecho mella en mi. ¡Maldita sea!
A la salida de la iglesia están las piscinas de Bethesda, donde se supone que Jesús curó a un paralítico. Por lo visto el lugar era conocido por sus poderes curativos (nada como un buen baño para quitarte una infección, no?) y estaba plagado de enfermos. Un paralítico se quejaba de su mala suerte.
- JC: ¿Qué pasa tron? ¿Por qué ladras?
- Paralítico: Hostia tú, pues es que cuando se hace un hueco en la charca, los gorrones me quitan el sitio, pues. Verás, es que no soy muy ágil. Pero soy del norte, oye!
- JC: ¡No problem! Milagrito por aquí, milagrito por allá, que este tipo de aquí tiene que sanar. Ale, ya puedes salir andando.
- Paralitico: ¡Hala! ¡Gracias! ¡Genial, así podré volver a pelear en el circo romano como gladiador!
(Conversación documentada por reconocidos periodistas del corazón)
Los demás fliparon, y además de (imagino) intentar gorronear otro milagro, pasaron la bola. Así hasta que llegaron los bizantinos, y viendo la santidad del lugar construyeron una basilica JUSTO ENCIMA de las piscinas (Sin cegarlas, flipa). Cuando llegaron los cruzados, con su habitual sutileza, volvieron a construir ENCIMA de las piscinas. La acumulación de ruinas del lugar es más que sorprendente.
Después nos fuimos hacia la explanada de las mezquitas, donde vimos un grupo de soldados que probablemente se estaban licenciando, y al día siguiente se iban a dirigir a Gaza. Esa visión acojona un poquillo cuando vas a entrar en una zona completamente palestina y con el ejército entrando en esos momentos en Gaza.
Nos pusimos en la cola, que ya estaba bastante rellenita, y justo después llegaron un grupo de simpáticos italianos que quisieron colarse delante nuestro. R. y la novia de R., C. se pusieron bordes, y les dijeron eso de a la cola Pepsicola. Minutos más tarde llegaron nuestros amigos, y ante la atónita mirada de los italianos los colamos delante. Nos odiaron y perdimos unos cuantos puntos-karma.
En la entrada de la explanada de las mezquitas la soldadesca israelí se aseguró de que no lleváramos ningún símbolo religioso, por lo que echaron atrás a uno de los nuestros, que tuvo que volver al hotel a dejar las estampitas de turista de turno.
La explanada de las mezquitas tiene dos mezquitas principales (No sé si tiene más). La primera es la mezquita de la roca, que tiene un meteorito que para los judíos es la piedra en la que se sacrificó Isaac (o casi), y para los musulmanes es el punto donde Mahoma subió a los cielos. Por supuesto estaba cerrada, y sólo pudimos apreciar el exterior de la cúpula, de oro y con un diámetro un centímetro más grande que la cúpula del santo sepulcro. La hicieron así para asegurarse de que era la cúpula más espectacular de todo Jerusalem.
Al lado podíamos observar (únicamente por fuera, por supuesto) la mezquita de Al-Aqsa, que se supone que fue la última mezquita que visitó mahoma antes de ascender a los cielos.
Los alrededores de ambas mezquitas es una zona abierta ajardinada, en la que los chavales musulmanes juegan al fútbol, y a lanzar balonazos al turista. ¡Pobres niños palestinos! Qué mierda de infancia están teniendo. Aunque hay que reconocer que el juego es bien divertido.
Por la tarde nos fuimos de vuelta a Tel Aviv a descansar, acicalarnos y asistir a la boda. Elegantes de lejos, salimos del hostal enfundados en un traje arrugado por las idas y venidas a lo ancho de Israel. Cogimos un taxi que nos llevó hasta el kibuttz Einat, en la sala Limón (esto es completamente verídico) no sin sobresaltos puesto que nuestro querido taxista se dormía en el trayecto.
Al llegar nos encontramos con un supersemita embutido en un frac, emocionado pero tranquilo, y atareado porque a la futura suegra se le habían olvidado los anillos en casa. Y detrás un buffet libre de bebidas y comida a nuestra disposición. Agradecí la presencia de alcohol, aunque eché de menos una ginebra que valiese la pena (Confirmado: estos judíos no saben beber). Ya con una copa en la mano vimos a la novia, que estaba buenorra que te cagas con un traje ajustado aunque con demasiados volantes según las féminas consultadas. Pura envidia.
Tras manosearla y besarla apropiadamente entre sonrisas, nos dedicamos a papear y beber en espera de la ceremonia.
Al rato DJ Kike (famoso DJ Israelí creo que de origen peruano) nos invitó a tomar asiento en la misma sala, frente a un kiosko que habían montado. Efectivamente, era en la misma sala que el cóctel, y no dejaron de servir copas ni comida mientras la ceremonia transcurría. De hecho, la mayoría de la gente pasó un poco del cura (Rabino, en este caso) y siguió charloteando a lo largo de la ceremonia. Cosa que me pareció bárbara porque no entendía ni papa de hebreo (y sigo sin entenderlo)
Un patadón en el suelo rompiéndo un vaso puso punto final a la diarrea religiosa, y dió paso a besos, felicitaciones y lo que es más importante, el banquete.
Tuvimos un problema con unos delicados amiguetes del hermano de la novia, que se sentaron en la mesa reservada para los colegas españoles, y se negaron a abandonar el sitio, dividiéndonos en dos mesas y poniendo una presencia harto incómoda. Los dos tipos y la tipa llevaban unas pintas un tanto cerdas, tanto que hubieran tenido problemas para entrar en un garito de mala muerte de malasaña. Vaqueros rotos, jerséis de lana con más bolas que puntos, y una actitud chulesca y poco adecuada para tamaña celebración. Los obviamos, y no tratamos de entablar mucha conversación con ellos.
La sala del banquete estaba presidida por una estructura que sujetaba bafles y focos, y entre plato y plato el famosísimo DJ Kike nos atronaba la comida increpándonos para salir a bailar. Yo no tenía el cuerpo para jotas, y me sentía cada vez peor, pero no por efecto de la ginebra envenenada de Israel, sino porque llevaba toda la tarde malo y con malestar.
La comida comenzó con un surtido de ensaladas, y luego nos dieron a elegir entre dos entrantes que no recuerdo, maldita sea. Después nos dejaron elegir entre falafel o pescado, yo escogí el pescado. Un pez que debía situarse en la escala evolutiva entre un lenguado y una dorada, que creo que llamaban el pescado de San Pedro (el del milagro de los panes y los peces). Y por último nos dejaron elegir entre pechuga de pollo y filetón de ternera, yo me decanté por el filetón, que apenas pude terminar.
Para los postres también tuvimos que elegir entre varios, y yo me tomé unas especie de tarta de mousse de queso bañada en almendras, que resultó deliciosa.
El resto de la noche lo pasé entre gin - tonics envenenados y porros de marihuana que un coleguita de supersemita había conseguido, y mágicamente aunque también sólo temporalmente, me animé y eché algún baile que otro. De ligar, nada. Ni tenía cuerpo, ni estaba lo suficientemente borracho.

Siempre he tenido una curiosidad con las comidas en las que decides on the run lo que te vas a tomar: ¿Qué pasa si todo el mundo se pide el pez de San Pedro? ¿También son capaces de multiplicarlo?
Comment by Yorch — January 27, 2009 @ 6:44 pm
Yorch: Imagino que en los restaurantes ocurre lo mismo frecuentemente. ¿No te ha pasado nunca que te digan ‘no, lo siento, pero de eso no me quedan’. Pues igual aqui. Apechugas con los restos, o mueres de hambre, una de dos.
Comment by Danilac — January 28, 2009 @ 9:50 am