HAMLET en el María Guerrero
Ayer fuí al teatro a ver esta obra del centro dramático nacional, dirigida y protagonizada por el magnífico Juan Diego Boto en la que participa el bífidus José Coronado.
Tenía miedo, lo confieso. ¿Lograría escapar el rey Claudio de la sombra del anuncio de yogures? Sin mucha esperanza acudí a ver la (o mejor, una) obra maestra de Shakespeare al teatro María Guerrero.
¿El veredicto? Una obra sencillamente DELICIOSA.
La escenografía sobria y sencilla, el vestuario adecuado, pero poco protagonista, la iluminación más que correcta, creando claramente espacios, aunque en ocasiones eché de menos un poco más de luz.
En cuanto al montaje creo que resulta atrevido, pues no se limita al espacio escénico, sino que aprovecha en varias ocasiones el pasillo central y los palcos laterales del teatro. A mi me dió mucha pena y rabia a la vez, porque a menos que estés en el patio de butacas más o menos centradito, te vas a perder una o dos escenas que sólo oirás, y mal, puesto que la acústica dificulta el trabajo de unos actores que no se preocupan en proyectar adecuadamente en esos caso.
En cuanto a la actuación, tengo que decir que el que más miedo me daba estuvo a la altura del texto, y actuó con una sobriedad y saber hacer que me sorprendió. Juan Diego Boto hizo también un espléndido trabajo con el cinismo y el dolor de Hamlet, pero la que más me sorprendió por su sinceridad en la escena fue sin duda Marta Etura, con una evolución del personaje ejecutada con una gran precisión y elocuencia. ¡Bravo Marta! En mi opinión eres puro teatro (en el buen sentido).
El personaje que menos me gustó fue el de Horacio, interpretado por Emilio Buale. Pero esta vez creo que no es cuestión del actor, sino de la dirección, pues pecaba de un exceso de pasión, de elocuencia, con una voz desgarrada en momentos que en mi opinión no lo merecían. Un defecto que saca un poco al espectador de la historia, y que normalmente se achaca al (poco) saber hacer del actor. Pero yo rompo una lanza en su favor, y digo que la culpa fue del chachachá, o más bien del director.
Sea como sea, un espectáculo digno de ver y disfrutar, eso sí, desde el patio de butacas, en un asiento centradito.
Por cierto. Maldito sea una y mil veces el espectador idiota que no apagó su móvil a pesar de recibir hasta 3 o 4 llamadas. Que todo el peso de la culpa te arrastre a un infierno en vida y muerte.
