Fátima Miranda en el Círculo de Bellas Artes.
Los que conozcan a Fátima Miranda sabrán lo especiales que resultan sus conciertos, pero cuando me llamó mi querida Igu para ver si quería su entrada del concierto de Fátima porque ella no podía, yo no tenía ni idea de quién era. Me conozco la música que escucha Igu un poco por encima. Es mucho del rollo étnico y pachanguero. Ay, no tenía muchas ganas, pero era el último día de mi excedencia, y tenía que aprovecharlo como Dios manda. De modo que accedí a ir, y ha sido la mejor decisión que he tomado en bastante tiempo.
Al entrar en el teatro nos han dado un programa (para 5, tarariro, tarariro) y leo de reojo la siguiente frase.
Todos los sonidos vocales producidos en este concierto son naturales y el resultado de técnicas desarrolladas por Fátima Miranda. La voz sólo está apoyada por amplificación sin manipulación electrónica alguna.
¡Vaya! Debe ser una virtuosa. ¿Qué clase de concierto iba a escuchar?
Describir un concierto de Fátima Miranda es un ejercicio muy duro para un entusiasta como yo, que llega encantado de la vida del concierto y se siente muy torpe en esto de la prosa vulgar (no digamos de la poesía). Pero lo intentaré.
Al principio, una enorme falda eleva a la cantante unos dos metros por encima del escenario. Desde las alturas, Fátima comienza a cantar con una coz clara cánticos que parecen rituales, una mezcla entre las voces árabes, y los mantras budistas. Con una riqueza de matices, y una variedad de tonos impresionantes. Desde lo grave, hasta lo agudísimo. Unas voces ensoñadoras (que en ciertas ocasiones se vuelven algo somníferas) parecen transportarte a un mundo mágico sustentado por chamanes en eterno rito.
En la segunda parte del espectáculo Fátima se baja de la estructura que la levanta por los aires, y baja a jugar con unos instrumentos dejándo que la estructura por si sola genere paisajes volcánicos, o sirva de pantalla para proyecciones alegóricas. Entonces comienza la parodia de sí misma, de lo cotidiano, de lo sagrado. Es difícil arrancar una carcajada cantando sin pronunciar palabras claramente, pero ella lo consigue. Imagináos cómo, en un trance hipnótico, al surgir de repente las palabras ‘Hare Krishna, Hare Ranma, Salam Aleicum, Salam Salamanca, Ora pro nobis, torito tira pallá‘ el público estalla en unas carcajadas que ponen de manifiesto la ridícula seriedad de nuestros ritos religiosos. Aaaagh! Me encanta.
No dejéis de ver este vídeo, en el que canta una pieza muy pequeña en el programa desigual de La Otra. Impresionante el registro de esta tipa, ¿eh?





