Caramba, últimamente os tengo abandonados. Esto de decepcionar a la gente se me da mejor de lo que pensaba, verdad?
Bueno, mi excusa es que recientemente estoy haciendo el trabajo de un jefe de proyecto, cobrando lo que cobra un programador. (Sí, habéis adivinado de dónde me saqué la encuesta del post anterior)
Aparte de los temas laborales, está mi salud. Como la mental deja mucho que desear, paso a dilapidarme con la física.
Resulta que me duele una muela al cepillarme. Al cepillarme los dientes, se entiende. Juntando con que tenía que hacerme una limpieza de boca ya, porque mis dientes se parecían a la línea 3 de metro de madrid (Vuela) pues decidí no retrasar más el trámite de otra muela empastada.
Mi experiencia previa con los dentistas ha sido históricamente bastante mala. Gracias a dios que disfruto de una salud dental bastante decente, y que los dolores que yo siento en la boca han sido mínimos, porque si no ya me habría suicidado varias veces. O bien los doctoruchos de turno me hacían más daño que el que tenía, o bien era una parada de monstruos que hace tener sudores fríos como mínimo.
Mi anterior dentista era exactamente eso. Una consulta de FREAKS en su primerísima acepción, cuando un FREAK era un ser deformado y destinado a estar tras los barrotes de una jaula de un circo ambulante de segunda categoría. Nada más llegar te recibía una enfermera con un estrabismo tan acentuado que no es que no supieras con qué ojo te miraba, sino que tenías la certeza de que no te miraba. Recordáis al AIGOR (COJONES) del jovencito frankenstein? Pues es un bellezón frente a esta enfermera.
Qué repelús por dios.
Cuando ya te tranquilizas (es un decir) leyéndote las revistas del corazón del año pasado y pasabas a la consulta (¡Ueij! ¡Qué asco de enfermera otra vez!) te recibe el doctor con un ‘Bu-bu-bu-buen… Buenos ddddias‘. ¡Joder! un dentista tartamudo! ¿Pero dónde he venido yo?
Comprenderéis mi recelo con los dentistas.
El caso es que fuí al dentista de mi mamá, que es la mejor del mundo, y me fié de su consejo. Y la verdad es que el enfermero de este era también algo extraño, pero tendré que analizarlo con mayor detenimiento… Por lo menos el doctor Cordón, con eso de ir ‘recomendado’ me trató estupendamente. Es muy amable.
Me detectó amablemente tres caries, y le dije la zona que me dolía, de modo que decidimos acabar con la caries dolorosa. Me anestesió con un ímpetu banderillero que me asustó un montón, y aunque no me hizo daño, estuve en tensión toda la sesión. Cuando terminó me regaló un cepillo de dientes, uno de los más cutres que he visto en mi vida. Finito y llano, de los de toda la vida. Qué sosez, por Dior. Qué poco glamour.
Cuando se me fué pasando la anestesia empecé a notar un dolor bestial que casi me impide cenar. Menos mal que mi hambre lo supera todo.
Pero esta mañana, que ya no me dolía tanto, mientras me cepillaba descubro ¡¡que mi dolor de muelas sigue ahí!! ¡Cojones! ¡No me ha arreglado nada!
MECAGONTODO.
Total que el miércoles que viene otro empaste, y el siguiente otro. Ay, ay, ay… qué poco soporto el dolor, sobre todo para ‘curarme’ una enfermedad que no me molesta…