CACANIMALES
El otro día, en casa, vino mi sobrinita a comer. Se trajo a sus padres, también, y les convenció para que, de camino, se pasasen por la feria del libro. Allí compraron unos cuantos cuentos para ella, y después se vinieron a casa a enseñármelos. Los cuentos, digo.
Y encontré una joya. Los CACANIMALES. Así, de sopetón, pensaréis que la asociación escatológica es graciosa, pero que seguro que va de una gallina que cacarea, o algo así. Pero un simple vistazo a la portada te saca de dudas.
Joder, qué fuerte. A ver de qué va esto? La primera página te saca de dudas.
Y la ilustración de después no puede ser más explícita. Bueno, sí que podría serlo, pero ya entraría en el mal gusto.
Y claro, cuando me leí el cuento entero (Antón, el lobo feúcho, hace CACA y ruge mucho. Las pingüinas Cata y Rita hacen CACA muy juntitas. Esta es la serpiente Frida, que hoy hace CACA escondida. El rinoceronte Nando hace la CACA soñando, El pobre elefante Frodo hace CACA y rompe todo. Ya es grande el pollito Fito, en el váter, él solito, ha hecho CACA hace un momento, y está la mar de contento. Muy bien, Fito, enhorabuena. ¡Y tira de la cadena!) Le pregunté a mi hermano que qué coño le compraba a mi sobrina, más asombrado que protector, que conste. Y es que la chica tiene que aprender a ir a váter de verdad, y este libro sirve exactamente para eso.
Wow, uno en esta vida aprende hasta a CAGAR. No recuerdo cuándo ni cómo aprendí yo a ir sólo. Lo que sí recuerdo es que tuve una temporada en la que sabía ir al váter, CAGAR, pero no sabía limpiarme. Cuando terminaba, gritaba a pleno pulmón eso de ‘¡¡¡¡MAMAAAAAAAAAAA!!!! ¡¡¡¡VEN A LIMPIARME EL CULOOOOOOOOO!!!!‘
Yo creo que los vecinos me tienen ahora más respeto, porque saben que soy lo bastante tirano como para hacer que mi madre me limpie el culo, y encima gritar a toda la comunidad cuándo tenía que hacer esa deshonrosa tarea. Qué santa es mi madre, que nunca me reprochó mis ruidosas idas al baño.
Y hablando de CACAS. Recuerdo que los chorizos eran una causa de enorme orgullo para mí. Tanto como para que, en un restaurante, después de hacer uno de los chorizos más gigantescos de mi corta vida (la de entonces, que ahora me doy cien mil vueltas) lo medí a ojímetro, y con las palmas enfrentadas como si sujetara un chorizo similar en tamaño me fui corriendo a la mesa donde estaban comiendo mis padres y algún que otro familiar, y grité: ‘¡PAPA! ¡¡ASÍ!! ¡¡¡HE HECHO UNA CACA ASÍ DE GRANDE!!!‘
Cuando me hicieron callar, por un absurdo ataque de vergüenza que nunca he llegado a entender, le comenté la pena que me había dado tirar de la cadena. Ahora sé que si hubiera tenido un móvil con cámara, no hubiera dudado en sacarle una foto.

