Del frío glaciar, a la costa desbordada de fauna. El aeropuerto para ir a visitar la reserva natural de la península Valdés está a unos 100 kilómetros de ésta, en Trelew, una ciudad deteriorada y sin interés por efecto de la crisis argentina. Desde el aeropuerto cogimos (o tomamos para los habitantes de sudamérica) un ‘transfer’ que nos llevó a Puerto Madryn, nuestro centro de operaciones en la costa.
Allí nos acogieron simpáticamente los enrollados dueños del hostal ‘Residencial Uno’. Recomendable para los presupuestos ajustados. Paseo por la ciudad, que lo único que tiene de interesante es el paseo marítimo, que disfrutamos mucho, en pleno anochecer.
Al día siguiente, por temor al viento y a que nos cerrasen el puerto de Pirámides (Os explico más abajo), decidimos hacer la excursión a Punta Tombo. Punta Tombo es una reserva natural donde una colonia de medio millón de pingüinos de Magallanes decide anidar año tras año. Es increíble. Hay tantos pingüinos que tienes que tener cuidado de no pisarlos. A veces estás tan cerca que tienes tentaciones de alargar el brazo y acariciarlos. Nos advirtieron: No tratéis de tocarlos que con el pico que tienen pueden llegar a cortarte el dedo. No me lo creo, pero por si acaso, no los toqué. (así que en cierto modo me lo creí)
Luego nos fuimos al puerto, a ver si estaba abierto para ir a ver los delfines enanos que habitan la zona. Pero no hubo suerte. Había mucho viento (ni gota en la costa), y la marea estaba baja y los barcos no podían salir del puerto (Que vaya mierda de puerto, ya podían haberlo hecho lo suficientemente profundo como para que los barcos pudieran salir con cualquier marea). El caso es que nos quedamos sin ver a los delfines enanos.
Continuamos la visita, dirigiéndonos a Puerto Gaiman, un asentamiento de colonizadores galeses que importaron el maravilloso té Galés. Y allí que fuimos a probarlo, a una hermosa casa de té, que tenía nombre de nave de la guerra de las galaxias. El Ty Gwyn, que en galés significa ‘Casa Blanca’. Pues bueno. Allí por 23 pesos, unos 5 euros, nos pusieron té a granel, y una cantidad ingente de pasteles y tortas galesas que no pudimos ni empezar a soñar en acabar. Menuda burrada. Todo estaba riquísimo y mantequilloso. Nos hartamos.
Después pasamos por Trelew. Esta frase es todo lo que voy a contaros de Trelew porque allí no hay nada que ver.
Al día siguiente despertamos más activos que de costumbre. Íbamos a visitar la reserva de Península Valdés. Fuimos directamente al puerto de Pirámides, desde cuyas playas salían cada poco barcos para… AVISTAR BALLENAS. Pues no hizo falta ni cogerlo. Ya desde la playa se las podía ver resoplar y asomar las aletas. La emoción nos embargaba. Además (y aquí entra mi mente de ingeniero) tenían una curiosa forma de embarcar a la gente. Como propiamente dicho no hay puerto, lo que hacen es subir el barco a una estructura con ruedas, que luego gracias a un tractor anfibio (se mete en agua hasta un metro de profundidad) lo sacan a la playa. Desde la arena, gracias a una escalerita, subes al barco, y entonces el tractor da marcha atrás y vuelve a poner a flote al barco.
Bueno, ya estábamos sobre el agua y deseosos de ver de cerca una ballena. Y vaya si las vimos. Y vaya si estuvimos cerca. Estuvimos al loro, y nos pusimos bien en la proa (alante del tó), de modo que tuvimos todo el rato una vista increíble. Había varias parejas de ballena con su ballenato. El ballenato se acercaba con curiosidad a la embarcación, y entonces comenzaba una singular danza alrededor de la embarcación. El ballenato intentando acercarse, curiosear y jugar con el barco. La madre, interponiéndose y tratando de alejar al ballenato del barco. Algo tan tierno e impresionante… Es increíble lo gráciles que son esos mastodontes marinos, la facilidad y la agilidad que tienen en el agua. Increíble, sencillamente.
Vimos cuatro parejas de ballenas, uno de los ballenatos era blanco, precioso. Qué experiencia vital, queridos mios. Me dieron ganas de aprender a bucear para alguna vez intentar hacerlo (bucear, digo) con delfines, que tiene que ser alucinante.
Luego seguimos hacia la Caleta Valdés, ensoñados, pasando por las enormes salinas que han quedado en medio de la península. Llegamos para descubrir que en la playa se agolpaban montones y montones de elefantes marinos. No nos dejaban acercarnos, estos también son bastante agresivos, y algunos ejemplares pueden pesar una tonelada. Estaban allí tirados, tomando el sol plácidamente mientras la piara de turistas fotografiaban sin piedad sus lustrosos cuerpos. Otra vez, quedamos sorprendidos por la gracilidad de las bestias en el agua, mientras que en tierra parecían torpes y bastas, casi groseras.
Hubo un momento emocionante allí, que fue cuando descubrimos unos soplidos en el mar, y una guapa guía que allí había gritó ‘¡No! ¿Son? ¡Miren! ¡Son un par de orcas!‘ Nos dejamos los ojos intentando verlas, seguirlas por la costa mientras se paseaban por allí. Luego pensándolo nos dimos cuenta de que la guía se había equivocado, porque por allí no había ninguna aleta. Pero qué queréis que os diga, la emoción fue la misma.
Después seguimos el rumbo hacia Punta Norte, para seguir viendo bichos. Más pingüinos de Magallanes, más elefantes marinos, y… Lobos de mar! Que son básicamente iguales que los elefantes marinos, solo que los machos no tienen trompa, y son oscuros. Y Oh! casi se me olvida, el vuelo de las gaviotas cocineras! Se dedicaban a hacer pasadas a ras de suelo, casi tocando la playa con la punta del ala. No es que sea algo que sólo se pueda ver allí, pero me encantaron.
Al final de la jornada nos pasaron por el centro de acogida de la reserva, un sitio con información de la fauna y la flora del lugar, con fotos y tal… Pero lo interesante del lugar el el gigantesco esqueleto de ballena que tenían ensamblado. Qué formas tan curiosas las de un cráneo de ballena. Increíble.
También pudimos ver desde la carretera la famosa isla de los pájaros, una isla que inspiró a Saint Exupéry para hacer el dibujo de la boa que se ha comido un elefante del principito.
Al día siguiente salíamos hacia Buenos Aires a medio día, de modo que aprovechamos la mañana visitando el Ecocentro, una especie de museo de ciencias naturales con explicaciones de la fauna del lugar. Lo más curioso una vez más: El esqueleto de una ballena, y una sala a oscuras donde reproducían a un volumen indecible los sonidos que hacen las ballenas. Acojonan, eh?