Oirse a uno mismo.
Una de las cosas más horribles que hay en esta vida es escucharse a uno mismo. O mirarse a uno mismo. Ayer tuve la ocasión de ver la obra, que habíamos grabado en vídeo. Qué horror.
Tomé conciencia de lo enorme que soy. A personas que yo pensaba que eran más corpulentas que yo mismo se las percibía como claramente menores (en tamaño) que yo! Fue de estas cosas acomplejantes… Pero, cari lettori, tengo una capacidad de superar complejos bastante grande (Soy ideal para un anuncio de Dyc), así que me tomé un par de cervezas y seguí mirándo.
Detecté que mi postura corporal es encorvada. Algo que odio, por cierto, así que no os extrañéis si me notáis estirado durante los próximos días. En seguida se me pasa. En cuanto la barriga me pese lo suficiente como para volver a mi encorvamiento natural.
¡Y la voz! ¡Oigh! ¡Por dios, qué voz! Tengo una voz bastante metálica. Chicas, de verdad, que si me oyérais como yo me oigo caeríais rendidas a mis pies IPSO FACTO!
Enfin, que intentaré colgar un trozo (el más favorecedor) en youtube o algo asín para que me veáis, y os muráis del horror.
